Era un domingo a la tarde, yo había dado vueltas por el parque y las plazas que están a sus alrededores mirando los productos que los artesanos suelen vender cada fin de semana. Me senté en un banco para observar la gente que estaba a mí alrededor. De pronto alguien se sienta a mi lado. Era una mujer que me mira y comienza a darme conversación.
Los temas de conversación de esa tarde fueron variados y dentro de las cosas de las que hablamos se encontraban los temas relacionados con el amor, las relaciones afectivas, etc. Ella había sufrido desamor, engaños, infidelidades, abandonos, mentiras más de una vez. Por esos motivos decía que ahora era una persona fría a la que le costaría volver a sentir algo por alguien. Dicho en otras palabras para ella el volver a sentir amor por alguien era algo que nunca volvería a hacer.
Yo por mi parte lo que le dije era para mí una verdad absoluta aunque muchas veces suene a cliché. Que no todos somos iguales, que hay hombres buenos, que encontrará a alguien que la valoré y nunca la deje etc, etc y más etc. La tarde se hizo noche y las horas pasaron bastante rápido. Caminamos por las plazas y tengo que admitir que su compañía me había resultado agradable y supongo que la mía también a ella. Quedamos en vernos de nuevo, cosa que se fue cumpliendo de a poco en la medida que pasaron los días, las semanas.
Comenzamos a tener una relación llameémosle afectiva. Pero ella siempre ponía frenos, barreras, cuestionamientos. A la vez desde su manera de ver las cosas, algo incomprensible para mí, me decía una y otra vez que volver a amar a otro tipo es algo que nunca más volvería a hacer. Las primeras semanas de nuestra relación me encontraba hablándole de amor, tratándola de convencerla de que tenía derecho a ser feliz y de que podía encontrar quien la ame realmente y que ese hombre que la amara de verdad podía ser yo. Pero comencé a chocar con su desgano, con su rencor, con su resentimiento, con su frialdad. Si había algo que me hacia seguir insistiendo era pensar que ella con el tiempo cambiaria de parecer, que abriría su corazón. Y trataría de asegurarme que esta vez ella no terminaría herida por un nuevo abandono.
Los domingos juntarnos en el parque se había transformado en una especie de nueva costumbre pero también el sentir una y otra vez su frialdad, su quizás odio a todo representante del género masculino. Recuerdo una vez cuando me dijo:”No volveré a derramar una lágrima por ningún otro hombre” mientras me miraba con cierto desprecio. El banco marrón algo viejo del parque era el lugar en donde nos vimos la primera vez, era el banco donde nos sentábamos todos los domingos y era el banco que a veces solía dejar vacio cuando se levantaba haciendo gala de un nuevo desprecio más.
El tiempo fue pasando y lentamente comencé a cansarme de sus actitudes, de pagar los platos ratos por cosas que otros hicieron. De sus ninguneos, de su mirada que tenía un cierto grado de odio y rencor. Ya no tenía ganas de demostrarle nada. No me interesaba rogar un “te quiero” o pedir de manera incesante una muestra de afecto que no venia. Fue así como un domingo sentado en el mismo banco donde la conocí. Donde compartimos varios momentos. Le dije algo que sentía y que no quería seguir guardando por más tiempo. Le dije que a partir de ese momento me iría de su vida para siempre que eso era lo mejor. Vi en ese instante como un par de lágrimas salían de sus ojos rompiendo con su promesa de no volver a llorar nunca más por un hombre. Intente abrazarla pero clavo en mi su mirada llena de desprecio y resentimiento una vez más. Pero esta sería la última. Me despedí de ella para siempre, le prometí que no volvería a buscarla nunca más. Ella mientras se limpiaba su rostro me decía que lo aceptaba y se fue. A los minutos me fui yo por mi parte sabiendo que había tomado la mejor decisión. Sabiendo que lo mejor era dejarla a ella en el pasado como a un recuerdo más. Al irme caminando en una dirección contraria de donde se fue ella. Me voltee a ver el banco ahora vacio.